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Saturday, September 6, 2008

Lenore

Lenore estaba en la flor de la vida y era el orgullo de su gente, su piel de ébano, que prácticamente relucía bajo el sol contrastaba espléndidamente con su cabello, tan blanco como las nieves sobre la cumbre del monte Nisir.


Pero si bien su vista bastaba para alegrar el corazón de cuantos la contemplaban, no era ésta la razón de que ocupara un lugar tan especial en el alma de su pueblo.

El motivo por el cual se había convertido en la favorita tanto del pueblo como de los sacerdotes residía en su privilegiada voz, con matices legendarios y rayando en lo sobrenatural. Con el paso de los años se había convertido en el tema de varias leyendas, la mayor parte de ellas en conflicto entre sí, se decía que podía ser tan grave como para desmenuzar cualquier muro del reino (en las versiones más coloridas de la leyenda, se afirmaba haberla visto desmoronar colinas completas sólo por diversión), y tan aguda como para astillar las gemas más resistentes. La verdad, por supuesto, era menos espectacular, y si bien no poseía ninguna capacidad destructiva real, si era cierto que gracias a su expresividad y al talento y pureza del alma de la doncella, era capaz de levantar los espíritus de los hombres hasta llevarlos a la euforia o conmover sus corazones hasta reducirlos a un manojo de lágrimas.

Lo que el pueblo no sabía, y que Lenore tenía órdenes estrictas de mantener oculto por tanto como le fuera posible, era que desde hacía un tiempo ya, era incapaz de cantar. El caso tenia sumidos en la confusión más absoluta a todos los médicos, sacerdotes y chamanes del reino. La joven podía hablar normalmente, sus cuerdas vocales no mostraban la más mínima anormalidad y no experimentaba dolor ni molestia alguna, pero cada vez que intentaba entonar una canción el único resultado era el silencio más desesperanzador.

La luna dominaba el cielo nocturno en todo su esplendor la noche que Lenore fue raptada, todo ese día había tenido una sensación de anticipación, como si supiera que algo trascendental iba a suceder, la sensación había ido aumentando en intensidad a medida que el día transcurría, y al caer la oscuridad se había tornado casi insoportable. Podía sentir todos sus músculos tensos como la cuerda de un arco, expectantes y preparados sin saber bien para qué. Las cosas se volvieron incluso más inusuales cuando, contra todo pronóstico, fue capaz de cantar sus primeras frases tentativas en muchos meses, podía intuir que algo estaba cambiando y al mismo tiempo se sentía abrumada por una sensación de deja vu.

Tal vez eso explique por qué no se resistió cuando unas manos extrañas la sujetaron y forzaron dentro de una especie de saco, tal vez pensó que el retorno de su voz y estos acontecimientos estaban relacionadas y que el secuestro era alguna nueva tentativa de los sacerdotes por curarla de su misteriosa aflicción. Lo cierto es que pese a lo alarmante de la situación, Lenore se sentía extrañamente en calma. Incluso cuando tiempo después las mismas manos le quitaron el saco sólo para encerrarla en una especie de sarcófago forrado en piel se mantuvo tranquila, sabía que todo iba a estar bien, de alguna manera tenía la certeza que por fin iba a volver a cantar como en sus mejores momentos, se sentía en paz y optimista, y dentro de su sarcófago se aprestó a esperar pacientemente su momento...

Tuesday, February 12, 2008

Libros, libros y más libros

Éste último tiempo he hecho un esfuerzo conciente por volver a leer, algo que me encanta, pero que por una u otra razón, tenía abandonado.
De lo último que ha caido en mis manos, lo más interesante ha sido:

Trainspotting

Novela escrita por Mr. Irvine Welsh, en la que se basó la pelicula del mismo nombre, bueno, en realidad el proceso fue: novela => obra de teatro => guión pelicula.
Honestamente no tenia idea de su existencia hasta que lo vi en un estante. En general me gusto bastante, aunque por lo que recuerdo, es bastante parecida a la pelicula, de todas maneras se hace entretenida, está bien escrita y se lee rápido pese a no ser un libro corto.
Por si alguien no sabe, la novela (y la peli tb) cuenta la historia de un grupo de adictos a la heroina en la ciudad de Edinburgo (Escocia) y se destaca por ser uno de los pocos libros que tratan este tema sin tomar una posición moralista o "educativa" al respecto, limitádose a presentar personajes que uno puede creer que son reales, sin adornarlos ni estereotiparlos.
Claramente por el tema en cuestión, no se trata de un libro particularmente "feliz", ya que las vidas de los protragonistas son mas bien penosas, pero aún asi nunca llega a ser demasiado denso.
Recomendable de todas maneras.





Naked Lunch

Sacado de Wikipedia: "Novel by William S. Burroughs. It was the third novel he wrote, but was the second of his novels to see publication. The book was first published as The Naked Lunch in Paris in 1959 by Adrien Bisson; an American edition by Grove Press followed soon after in 1962. The American edition was titled Naked Lunch and was substantially different from the Olympia Press edition. The American edition was in fact based on an earlier 1958 revision of the text that Allen Ginsberg had in his possession.[1] The article the in the title most likely was never intended by the author, but added by the editors of the Olympia Press 1959 edition.[2] Nonetheless the The Naked Lunch title version was also used for the 1969 Corgi Books edition.

Time magazine included the novel in its TIME 100 Best English-language Novels from 1923 to 2005.[3]

David Cronenberg released a film of the same title based upon the novel and other Burroughs writings in 1991."

Ni siquiera voy a intentar describir este libro más allá de que se trata de una serie de "viñetas", interconectadas por algunos personajes en común, que describen probablemente el conjunto de situaciones mas bizarro y grotesco que haya encontrado, al menos en forma escrita. El prologo del libro dice que éste fue escrito bajo la influencia de las drogas, y honestamente no lo dudo.
En principio no diría que me gusto el libro, una aproximación más acertada seria decir que me mantuvo entretenido principalmente por lo extraordinariamente bizzarro.
Adicionalmente, hay una pelicula basada en el libro y considerando lo que leí, hay dos posibilidades, o la peli no tiene nada que ver con el libro o no tengo la más mínima idea de como consiguieron financiamiento y rating para estrenarla.


El Hombre Ilustrado:

Antología de cuentos del gran Ray Bradbury, de la cual destaqué Caleidoscopio hace un tiempo.
Como la mayor parte de la obra de Bradbury, los cuentos no se centran en la ciencia ni en los "gadgets" sino que en los personajes, su evolución e interacción. En este caso, los cuentos no son particularmente esperanzadores (o tal vez soy yo el depresivo y pesimista).
La antología incluye:

La Pradera
Caleidoscopio
El otro pie
La autopista
El hombre
La larga lluvia
El hombre del cohete
Globos de fuego
La última noche del mundo
Los exilios
Ninguna noche o mañana particular
El zorro y el bosque
El visitante
El mezclador de cemento
Marionettes, Inc..
La ciudad
Hora cero
El cohete

Me gustó mucho, de hecho me lo compraré en cuanto tenga plata. Se lee súper rápido, a mi me duró una tarde, y sigo pensando que caleidoscopio es una de las mejores cosas que he leido.
Absolutamente recomendado, por último busquen Caleidoscopio un par de post atrás y léanlo, ahi sabrán altiro si les gusta o no el estilo de Bradbury.

La Perla

Recopilación de cuentos del autor japonés Yukio Mishima. Debo confesar que me interesé en este libro a raíz de la historía personal del autor y no por el contenido del libro en si. Para los que no saben, Mishima es un escritor japonés que organizó un intento de golpe de estado porque según él Japón estaba perdiendo sus valores tradicionales, y al fracasar en su intento, cometió seppuku. Eso no es todo, el tipo habia escrito un cuento que posteriormente convirtió en guion y filmó donde cuenta una historia muy similar y que también termina con él cometiendo seppuku (la película es de 4 años antes de su muerte). Bueno, eso era lo que yo sabia antes de leer este libro, resulta que el tipo es un tremendo escritor, estuvo nominado al nobel, etc.
En primer lugar, los cuentos incluidos en esta recopilación, son:

Muerte en el estio
Los siete puentes
El sacerdote y su amor
Dojoji
Patriotismo
El termo
La perla
Los pañales
Onnagata
Senbei de un millon de yens

De acá, destaca Patriotismo, que es el cuento que anticipa su muerte, y que se encargó de filmar en lujo de detalles. En su versión cuento es aún mas explicito que la película, de hecho es bastante impresionante.
Al fin de cuentas me gusto bastante el libro, se trató de mi primera experiencia con la literatura oriental, y debo confesar que me gusto bastante (de hecho estoy leyendo otro libro de Mishima en este momento)

Wednesday, February 6, 2008

Caleidoscopio

El otro dia mientras esperaba en el parque forestal por un documental acerca de Nicanor Parra, leia la antologia de cuentos "El Hombre Ilustrado" del gran Ray Bradbury y me econtre con esta maravilla llamada, obviamente, Caleidoscopio. Se trata de un tremendo cuento, que pese a su breve extensión, tiene un impacto tremendo, el final en particular me mató (en mi opinión el final en cuestión es perfecto, no veo como uno podría mejorarlo en nada), y por eso quise compartirlo acá.
Bueno, sin hacer más escándalo, los dejo con el maestro Bradbury y su Caleidoscopio:

Caleidoscopio

El primer impacto rajó la nave cual gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces retorcidos y fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.

—Barkley, Barkley, ¿dónde estás?

Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.

—¡Woode, Woode!

—¡Capitán!

—Hollis, Hollis, aquí Stone.

—Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?

—¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo... Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!

Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.

Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.

—Nos alejamos unos de otros.

Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.

Pasaron diez minutos. El terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.

—Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?

—Depende de tu velocidad y la mía.

—Una hora, supongo.

—Algo así —dijo Hollis, pensativo y tranquilo.

—¿Qué sucedió? —preguntó Hollis al cabo de un minuto.

—El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?

—¿Hacia dónde caes?

—Creo que me estrellaré en el Sol.

—Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, Arderé como una cerilla.

Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.

Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.

—¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! —exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!

—¿Quién habla?

—No lo sé.

—Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?

—Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!

—Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?

Una pausa. Seguían separándose unos de otros.

—¿Stimson?

—Sí —replicó por fin.

—Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.

—No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.

—Hay una posibilidad de que nos encuentren.

—Si, sí, seguro —dijo Stimson—. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.

—Es una pesadilla —dijo alguien.

—¡Cállate! —ordenó Hollis.

—Ven y hazme callar —contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria—. Ven y hazme callar.

Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo..., y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.

¡Y seguían cayendo y cayendo!

Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.

—¡Basta!

El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.

Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.

"Da lo mismo —pensó Hollis—. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?"

Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.

Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.

—Hollis, ¿sigues ahí?

Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.

—Aquí Applegate otra vez.

—¿Qué hay, Applegate?

—Hablemos. No podemos hacer otra cosa.

El capitán intervino.

—Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.

—Capitán, ¿por qué no se calla?

—¿Qué?

—Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.

—¡Compórtese, Applegate!

—No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.

—¡Le ordeno que se calle!

—Adelante, vuelva a ordenarlo. —Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más—. ¿Dónde estabamos, Hollis? Ah, sí ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.

Hollis, desesperado, cerró los puños.

—Quiero confesarte algo —prosiguió Applegate—. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.

Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.

Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad... Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.

¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.

—¿Estás enfadado, Hollis?

—No.

Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.

—Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.

—No tiene importancia.

Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso... El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.

Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?

Uno de los otros hombros estaba hablando.

—Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.

"Pero ahora estás aquí —pensó Hollis—. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca."

Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:

—¡Todo ha terminado, Lespere!

Silencio.

—¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!

—¿Quién habla? —preguntó Lespere temblorosamente.

—Soy Hollis.

Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.

—Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?

—No.

—Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?

—¡Sí, es mejor!

—¿Por qué?

—Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! —gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.

Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.

—¿Y para qué te sirve eso? —gritó a Lespere—. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.

—Estoy tranquilo —contestó Lespere—. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.

—¿Perverso?

Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. "Perverso". La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.

—Cálmate, Hollis.

Alguien había escuchado su voz sofocada.

Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson... Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la "serenidad", que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.

—Sé lo que sientes, Hollis —dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada—. No me has ofendido.

"Pero, ¿no somos iguales? —se preguntó un aturdido Hollis—. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra."

Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.

Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?

Un momento después descubrió que su pié derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. El aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.

—¿Hollis?

Hollis respondió cansinamente, harto de aguardar la muerte.

—Aquí Applegate de nuevo —dijo la voz.

—Sí.

—He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?

—Sí

—Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Guando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.

Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.

—Gracias, Applegate.

—No hay de qué. Y anímate, bobo.

—¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?

—¿Stimson?

Todos escuchaban atentamente:

—Debe de haber muerto.

—No lo creo. ¡Stimson!

Volvieron a escuchar.

Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta...

—Es él. Escuchad.

—¡Stimson!

Nadie respondió.

Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.

—No contestará.

—Ha perdido el conocimiento. Dios le ayude.

—Es él, escuchad.

Una respiración apenas audible, el silencio.

—Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Consideradlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.

Stimson flotaba en la lejanía. Todas lo escucharon.

—¡Eh! —dijo Stone.

—¿Qué?

Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.

—Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.

—¿Meteoritos?

—Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, que hermoso es todo esto!

Silencio.

—Me voy con ellos —prosiguió Stone—. Me llevan con ellos. Estoy condenado. —Y se rió de buena gana.

Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.

—Adiós, Hollis. —La voz de Stone, ya muy debilitada—. Adiós.

—Buena suerte —gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.

—No te hagas el gracioso —dijo Stone.

Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.

Todas las voces, iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.

—Adiós.

—Tómatelo con calma.

—Adiós, Hollis —dijo Applegate.

Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.

Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood... Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.

"¿Y yo? —pensó Hollis—. ¿Qué puedo hacer?. ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta... Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra."

Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz... Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.

"Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro."

—Me pregunto si alguien me verá —dijo en voz alta.

Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.

—¡Mira, mamá! ¡Mira! —gritó—. ¡Una estrella fugaz!

La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.

—Pide un deseo —dijo la madre del niño—. Pide un deseo.