Hace mucho tiempo leí o escuché por ahí que se podía saber mucho de una cultura por la forma en que trata a sus ancianos. La verdad es que estoy totalmente de acuerdo, y lamentablemente lo que descubrimos si aplicamos esta idea no es para nada agradable.
En primer lugar, una observación acerca de la teoría en sí. Por qué deberían importarnos los ancianos?, por qué no dejarlos abandonados a su suerte?. En realidad es muy fácil, y hay varias razones, veamos:
- Porque los ancianos somos nosotros en unos años más. Es cierto, a todos nos va a tocar a menos que tengamos un make out session con un rifle o una cita íntima con la línea del metro (o con el interior de un volcán activo if you will), y puedo apostar que cuando seamos nosotros los que estemos viejos, cansados, enfermos y débiles, desearemos que nos traten mejor de lo que nosotros tratamos a los ancianos ahora.
- Porque en general son, o más bien han sido miembros productivos de la sociedad, y es, en parte gracias a sus esfuerzos que nosotros tenemos lo que tenemos, como dice la expresión, estamos parados sobre los hombros de gigantes. No se trata de que el viejo que pide plata a la entrada del metro haya descubierto la penicilina, sino que eso, y todas las comodidades de que disfrutamos se las debemos a las generaciones anteriores, a su esfuerzo ya sea haciendo el descubrimiento en sí, o manteniendo la trama de la sociedad en funcionamiento para propiciar la oportunidad de que alguien lo efectuara. Ellos ya hicieron su contribución a la sociedad, a nuestra sociedad, y ahora es justo que la sociedad les retribuya.
- Porque tienen la experiencia de la edad. Si, ya sé que es un cliché, pero en este caso es cierto, uno puede tener toda la educación del mundo, pero hay cosas que sólo se adquieren viviendo, perspectiva, historias, aventuras, anécdotas, sabiduría, etc. Tenemos un tremendo recurso ahí, bien nos haría darnos cuenta y empezar a escuchar, se sorprenderían de lo que se puede aprender.
- Y más allá de eso por un mínimo de decencia, una de las razones primordiales para tener una sociedad en primer lugar es que el total es más que la suma de sus partes, la idea de que en un grupo, los más fuertes pueden proteger, ayudar a los más débiles, porque está en nuestra naturaleza, o debería estarlo al menos, supuestamente hemos evolucionado aunque sea un poco desde nuestro pasado como cazadores, y ya no hay justificación para eso de que el más fuerte se come al más débil, siglos de eso nos han llevado a donde estamos ahora, ya estaría bueno que nos diéramos cuenta que a lo mejor las cosas funcionarían un poquito mejor si nos ayudáramos, no sé, en una de esas no nos sentiríamos tan vacíos.
En primer lugar, una ancianita pintada como payaso que cantaba e intentaba hacer reír a los transeúntes de la tarde. Sonriente, muy amable y educada, sin utilizar vulgaridades chocantes en su rutina, súper afinada para cantar, se movía de un lado para otro y agradecía personalmente a cualquier persona que colaborara aunque fuera con 10 pesos terminando con el previsible “que dios lo bendiga” que en este caso parecía ser totalmente sincero, no sonaba particularmente distinto de cuando mi abuela me lo dice. Analicemos eso un segundo, una ancianita que tiene que, literalmente, hacer payasadas en la calle para ganarse la vida, que tendría todo el derecho del mundo a estar amargada, deseándole de corazón, que dios lo bendiga a cualquiera que la ayudara con algo.
El segundo encuentro es con un viejito de pelo y barba blancos, también pidiendo dinero en el paseo ahumada, en este caso no hay rutina cómica ni nada, la primera vez estaba casi vestido de viejo pascuero y la segunda vez sólo de civil, se limita a desear felices fiestas de fin de año a la gente que pasa a su lado, absorta en sus compras, trámites, etc. Le di unas monedas y me sorprendí de que me mirara a los ojos, me estrechara la mano, me agradeciera y me deseara una feliz navidad para mí y mis seres queridos. Apretón seguro y afable, voz firme y cariñosa, mirada clara y cálida, un abuelo más deseándole feliz navidad a un nieto, ni un rastro de amargura, desconfianza, cansancio, 100% buenas intenciones.
En ambos casos no pude menos que sorprenderme, sonreír y agradecerles porque si bien yo les había colaborado con dinero, ellos me habían dado una lección de primera manos de cómo envejecer con clase y dignidad. Por un par de minutos enriquecieron mi vida y me sentí honrado de conocerlos, sólo me queda esperar que if/when me toque a mi tener su edad pueda tener aunque sea la mitad de su gracia.